martes, 16 de octubre de 2012

La matemática del universo

Alfredo Torres es un hombre de unos cincuenta años de edad. Todo aquel que lo conoce puede decir de él que sin duda, es un hombre leal allá donde los haya. Es una persona trabajadora, de tez oscura, pelo blanquecino y ojos negro azabache, profundos. Dedicado a su mujer y a su único hijo. Protector de todo aquello que según cree él, debe perdurar sobre los años. Las cosas buenas, como la mayonesa casera, los abrazos de su vuelta del trabajo, el periódico de los domingos, y sobre todo, dejar siempre un resquicio a la esperanza.

Alfredo trabaja como profesor de instituto. Como cada primer día de curso, Alfredo presenta su asignatura con ilusión, habla a sus alumnos sobre los teoremas de Pitágoras y Gauss, y sobre operaciones complicadísimas que van a aprender a realizar. A ellos las matemáticas les dan igual, no las entienden. Protestan y piensan que no son importantes, que son complicadas y que realmente nadie puede hacer uso de ellas en su vida cotidiana. Él se quita la chaqueta y se sienta en una esquina de su mesa, mientras revuelve papeles llenos de números y de fórmulas que pocas personas en aquella clase podrían comprender. De momento, comienza a hablar de nuevo. Les habla sobre el universo, sobre la estadística y sobre la probabilidad. Les dice que hay millones de personas en el mundo, y que ellos solo son una entre millones. Que muchos tirarán sus sueños por tierra, mientras que sólo los más valientes, van a poder guiar su vida hacia donde ellos elijan. 

Les cuenta que el límite de sus oportunidades no está en el cielo, sino mucho más arriba, más allá de las estrellas. “No digas que el cielo es el límite si hay pisadas en la luna”-pronuncia, con voz clara y sonora. Alentadora.-. Comienza un discurso en el que explica que, estadísticamente, podría aprobar que quizás la mitad de los presentes en su clase aspire nunca a ser gran cosa en la vida, que según dice la probabilidad, es pueden acabar trabajando en alguna cafetería de por vida, o, con mucha suerte, en algún supermercado a las afueras de la ciudad. Les dice que las probabilidades de nacer de su hijo eran pocas. El discurso toma otro sentido y los despistados ojos de los alumnos tornan su mirada en él.

Las probabilidades de que naciera sin vida -continúa contando aquel profesor- eran elevadas, y según la estadística, esto no ocurre en el gran, y casi total número de partos. 

A Daniel, su hijo, lo tuvieron que ingresar nada más nacer porque le faltaron miligramos de oxigeno en la sangre. Daniel tiene dificultades, es paralítico y posiblemente nunca conseguirá vivir independientemente.

No estoy aquí para enseñaros a ser unos matemáticos perfectos.-les confiesa-. Tampoco las matemáticas son perfectas, los números y la probabilidad se equivocaron con Daniel, y puede que se equivoquen en muchas cosas más. He venido para hacer que lo intentéis, para que consigáis todo lo que os propongáis y no cuestionéis la utilidad de una cosa u otra en la vida. Todo lo que nos enseñan, nos hace aprender algo. Incluso si ese algo es que lo que nos han enseñado es una auténtica porquería.
 El silencio se apodera entonces de la clase, y nadie es capaz de murmurar palabra, de cuestionar si todo aquello podría ser verdad o no. Todos le miran atentos, esperando algún gesto que les indique que todavía hay esperanza para ellos. Que ellos también pueden ser Daniel, y conseguir hacerse con un futuro mejor que ese que les acababa de predecir su profesor de matematicas. Alfredo asiente y les dice que nunca es tarde para lograr sus metas, o, con suerte, lograr el aprobado en matemáticas. Cientos de ojos permanecen clavados en él, con ansia de llegar a comprenderle. 
Algunos lo entienden, otros lo intentan... pero todos, sin excepciones, se dan cuenta de que, si no aprendían sobre números con aquel profesor, aprenderían sobre la vida.

2 comentarios:

  1. Lluvia de escalofríos por mi columna vertebral. Increíble.

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  2. Que bonito esto que escribes.

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