sábado, 19 de marzo de 2016

Lecturas perdidas

Algo que siempre me ha gustado hacer es leer historias a medias. Desde que tuve edad para salir sola por la ciudad, me gustaba sentarme en el autobús al lado de alguien que estuviera sumergido en un libro; y, sin que pudiera verme, acomapañarle en su lectura. Me gusta pensar que ese desconocido y yo estábamos recreando las mismas escenas en nuestra mente, pero que cada uno lo vivíamos de una forma totalmente ajena al otro.
Era difícil, al principio, intentar hilar lo que estaba leyendo con lo que pudiera haber ocurrido en la parte del libro que mi acompañante ya había devorado. Luego entendí que eso era lo que más me gustaba: no sabía quiénes eran los personajes, dónde estaban situados ni tan siquiera cuál era la trama del libro... pero podía imaginarlo tal y como yo quisiera. Y cuando mi desconocido compañero de viaje, o yo, bajábamos del autobús, la historia quedaba incompleta, y tenía miles y miles de opciones para acabarla como mejor me pareciera.

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